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El nacimiento de una vocación: arqueología

En estos últimos días estoy embarcado en la lectura del delicioso libro de Xurxo AyánAltamira vista por los Españoles” editado por JAS Arqueología Editorial y me está encantando, y no sólo eso, también me está inspirando.

Concretamente ayer estuve leyendo un capítulo genial que titula “Vacaciones y vocaciones” y las reflexiones que recogen sus líneas me han empujado a escribir este artículo.

Cuando me acabe el libro, que espero sea dentro de poco, haré una recensión sobre el mismo animándoos desde ya a leerlo.

Por cierto, el niño de la foto, es mi sobrino, Diego. 😉

¿Cuándo supiste que ibas a ser arqueólogo?

 

Es una muy buena pregunta. Nunca lo había parado a pensar, pero es cierto, echando la vista atrás en el tiempo puedo verme en el momento preciso en el que supe que iba a ser arqueólogo, y es que ese momento, ese instante se ha quedado marcado a fuego en mi memoria.

Pero también es verdad que a ese momento se llega por la suma de varios factores, como bien dice Xurxo. A él le marcaron cuatro evento o como llama “ experiencias fundacionales” (me encanta este hombre) que son: una charla por un arqueólogo en el colegio, una visita a unas excavaciones y la lectura de dos libros.

En mi caso no fue así. Como veréis yo confundí todo en mi cabeza de hecho.

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Mis experiencias fundacionales: mi padre, los fósiles y un buen profesor de Historia

 

Y es que mi padre, no sé si lo he contado alguna vez, es Biólogo y se ha dedicado, hasta que se ha jubilado hace poco, toda la vida, a la enseñanza de Biología.

Y en los veranos y sobre todo en semana santa de los años 90 (qué malos son los vídeos que aun guardan mis padres por ahí de ese momento), contando yo con apenas 10 años, pasábamos largos días de excursión por Sierra Mágina, Jaén.

Grandioso paraje. A tan tierna edad no era precisamente el paisaje lo que más me impresionó. Lo que mejor recuerdo era la búsqueda de fósiles a la que todos los chavales nos dedicábamos sin descanso. Fundamentalmente de pequeños ammonites que de vez en cuando, aparecían ante nuestros ojos.

Yo en ese momento, ya sabía que quería dedicarme a buscar y encontrar cosas, a descubrir nuestro pasado. Sin embargo aún no era consciente de lo que era la arqueología ni ser arqueólogo.

La Cueva de Altamira: si, a mi también

 

Curiosamente también recuerdo perfectamente el día en que visité la Cueva de Altamira (la original ;)). Fue con mi padre claro, y con mi hermana. Tuvimos que madrugar mucho, íbamos desde Santander donde estábamos veraneando. Pero mereció muchísimo la pena. Este instante místico delante de las pinturas altamiranas también contribuyó definitivamente a mi vocación por lo antiguo, aunque por desgracia no existiera aun el libro de visitas que menciona Xurxo.

Pero fue unos años más tarde, ya casi adolescente, cuando me tocó en suerte en el colegio un profesor de Historia que me hizo amar esta disciplina por encima de todas las cosas. ¡Qué importante es para un niño-adolescente contar con un profesor/a que con pasión transmita el conocimiento que tiene!

Fue en ese momento, en algún lugar de aquella aula supe que iba a dedicar mi vida de lleno a la Arqueología. A nuestra amada arqueología.

 

Los arqueólogos, pobres arqueólogos.

 

Y también estoy plenamente de acuerdo con Xurxo cuando afirma que no conoce a ningún arqueólogo que se metieran en este mundo de la arqueología para “forrarse”. A ninguno. Y, para quien me conozca sabe que siempre digo lo mismo: que  para forrarse hay maneras mucho más fáciles y rápidas, incluso más divertidas.

Por eso no creo en lo que algunos han venido llamando la arqueología del infierno, obviando el término cristiano de la palabra. No existe tal. El “infierno” hay que combatirlo, siempre, para defender con dignidad nuestro pasado, aunque a veces en la lucha nos dejemos parte de nuestra vocación.

Y eso me da pena, mucha. Porque conozco muchos compañeros, buenos arqueólogos sin duda, que lo han dejado. Y cada vez que me entero de que algún amigo, algún conocido (porque este es un mundo suficientemente pequeño para que todos nos conozcamos) ha dejado la arqueología me da mucha pena. Me sume en una gran tristeza y desconcierto, aunque seguramente la suya, sea una decisión meditada y para mejor.

Es muy largo el camino, y la arqueología es una profesión de desgaste sin duda. Hay muchas piedras y obstáculos a veces impensables cuando uno echa la vista atrás para acordarse por qué empezó en todo esto. Jamás en la imaginación de aquel niño y de aquel estudiante de Historia que fui, se me pasó por la cabeza que arqueología es también estar delante de una retroexcavadora y pararla.

Somos como dice González Álvarez, (2013) superarqueólogos forjados en multitud de excavaciones de verano y de invierno. Hemos pasado penurias, hemos excavado a la calor y al frío intenso, soportado todo tipo de inclemencias y de dementes. Pero aquí seguimos y seguiremos dándolo todo por esta nuestra profesión. Para que nunca nos roben la arqueología. Eso no. Eso nunca.

 

Y ahora me toca a mi

Porque hace poco mi prima, con la que tengo mucho trato, me confesó que su hijo mayor, que tiene ahora 6 años, no hace más que preguntar por mi…¿por mi? ¿Y eso? Pues porque quiere ser arqueólogo.

No sé si podré con esta responsabilidad. Me entran escalofríos de pensar que en mi está el marcar como un “momento fundacional” a este chico, para que en un futuro, cuando sea arqueólogo y se encuentre delante de una retroexcavadora, luchando para que la arqueología no desaparezca, y eche la vista atrás y se acuerde de por qué razón se metió en esto, se acuerde de mi y piense en la primera vez que un arqueólogo le llevó a ver un yacimiento.

¿Te acuerdas de cuándo fue tu momento fundacional como arqueólogo? Cuéntanoslo en los comentarios.